
Una cita, si, una cita; una cita en medio de la bella noche con aquel príncipe de tierras lejanas, ese que ilumina la noche aun más que la blanca y brillante luna llena.
Me preparo presurosa en medio de la jaula proletaria a la que tanto desprecie y de la cual hoy soy parte, para tan esperado y anhelado encuentro; encuentro que anhele mucho tiempo con sus tristes días y sus bellas noches, con sus lunas y sus soles, con sus lluvias y sus amaneceres de ensueño. Asi, de tal manera me enliste de cara y alma para estar frente a mi pasado y presente, frente a lo que siempre soñé y que de alguna extraña manera desprecie sin lograr dejar de amar.
Cada segundo que pasaba, en tal enlistamiento, eran miles de horas de espera que se acababan, eran cientos de lagrimas que se evaporaban, eran cientos de curitas que le quitaba a este corazón revelándolo otra vez puro, fuerte y limpio. Y más aun, era el reflejo de muchas cosas que quería ser y que hoy lo soy.
Me dirigía con un nerviosismo casi pasmoso, vergonzoso y delirante por el camino trazado para tal ruta que tendría como destino final un anhelado y muy merecido encuentro; a lo largo del mismo, millares de cosas circulaban por mi cabeza, pensaba en mi reacción, en una nueva ausencia por desistir el ante el encuentro, un posible insulto y un adiós intempestivo, un recibimiento cordial y siempre tierno y amable, un posible cosquilleo de mariposas en el estomago, o un palpitar en mi corazón tan intenso que sintiera la necesidad de beber algo o de fumar un cigarrillo para matar la ansiedad.
Llego a la hora acordada, es un bello sitio muy al estilo de las cosas que disfruto; tapado el resplandor del cielo por la inmensidad de la luna, las estrellas y del cielo oscuro, lleno de una atmosfera fría y lánguida pero a la vez fresca y natural. Cerca de una de las tan llamadas casas de Dios, cuando sentía en ese leve instante que el fue quien de alguna manera incidió en tal encuentro y quien de alguna manera me estaba dando la fortaleza y sensatez requerida para ese encuentro; esa casa de Dios que me parece tan hermosa, tan perfecta, tan histórica y milenaria, tan de mi estilo que siento como si la hubiese visto tal vez en una vida pasada. Allí esperando calmadamente aunque con nervios, inmóvil pero con una revolución en mi interior tanto físico como emocional, y con la manía de prestar más atención del entorno que me rodeaba intentando buscar algo de distracción que matizaran mis nervios, anhelando el humo de un cigarrillo que esfumara toda reacción rara y nerviosa de mi pero el cual me era imposible adquirir por mi decadente pero recuperable estado físico. Observaba sujetos tan similares en su físico a lo lejos, pero que al acercarsen eran tan distantes de aquel príncipe que esperaba allí, tan callada, tan sentada y a la vez tan inquieta.
Hasta que tome una posición más erguida, más calmada, más serena y con la resignación de que diría y sentiría lo que pensaba y sentía en todo este tiempo transcurrido de su ausencia, de que revelaría que ya no soy una simple cortesana sino una gran cortesana, llena de miles de actitudes y comportamientos apropiados de una gran princesa; entonces, eso me otorgo la fuerza con la que normalmente transcurro en esta enorme villa todas las noches de esta vida.
Y visualizo a lo lejos y con algo de inquietud, afán y un poco avergonzado de su leve tardanza al príncipe que va y viene pero que nunca se va de este corazón, pega un estallido de emociones contundentes mi corazón, se me dibuja una leve sonrisa y veo al fin que me encuentro de nuevo reflejada en esos bellos ojos que hipnotizan mi visión de una manera anacrónica, en los que me puedo perder y encontrar por cantidades infinitesimales de tiempo. Y observo luego una leve y timida sonrisa de su parte y un saludo cortes y timido, y luego una de las adicciones que mas extrañaba, besar esos labios de la manera en que me gusta hacerlo, reflejando mi ternura, mi femineidad, mi querer y demás cosas profundas del corazón y el alma; sentí que al fin me reencontraba con esa parte de mi que sentía que me faltaba, al fin estaba armado el rompecabezas por la pieza faltante, al fin una calma tan parsimoniosa.
Luego sentirme analizada por esa mirada, sentirme deseada, extrañada, que completaba de alguna manera un hueco de su sentir y de su alma, sentir que de nuevo aunque no pareciera éramos los mismos amantes furtivos que alguna vez fuimos.
Y así, empieza con cosas que se dijeron en medio de la caminata hacia el bosque encantado donde anhelábamos encontrar un tesoro perdido pero del cual teníamos un mapa de orientación más que perfecto y preciso, un nuevo tiempo en el que no habrá dolor, solo franqueza, honestidad, transparencia tan exacta a la del agua, que hará tal vez que perdamos los estribos hacia lo que siempre anhelamos una cortesana con candidatura a princesa y un bello y siempre querido príncipe. Encontrando de manera correcta ese tesoro tan anhelado y querido, tan extrañado y esperado, tan nuestro, tan sublime que nos sube y baja a la mismísima casa de Dios una y otra vez.
Tesoro aquel en el que somos dos convertidos en uno, en el que no hay atadura ni ligadura, solo uno, así no más. Siendo un mágico numero finito que no tiene fin en el sentir. Eso fuimos en la bella noche en medio del bello bosque, uno.
Me preparo presurosa en medio de la jaula proletaria a la que tanto desprecie y de la cual hoy soy parte, para tan esperado y anhelado encuentro; encuentro que anhele mucho tiempo con sus tristes días y sus bellas noches, con sus lunas y sus soles, con sus lluvias y sus amaneceres de ensueño. Asi, de tal manera me enliste de cara y alma para estar frente a mi pasado y presente, frente a lo que siempre soñé y que de alguna extraña manera desprecie sin lograr dejar de amar.
Cada segundo que pasaba, en tal enlistamiento, eran miles de horas de espera que se acababan, eran cientos de lagrimas que se evaporaban, eran cientos de curitas que le quitaba a este corazón revelándolo otra vez puro, fuerte y limpio. Y más aun, era el reflejo de muchas cosas que quería ser y que hoy lo soy.
Me dirigía con un nerviosismo casi pasmoso, vergonzoso y delirante por el camino trazado para tal ruta que tendría como destino final un anhelado y muy merecido encuentro; a lo largo del mismo, millares de cosas circulaban por mi cabeza, pensaba en mi reacción, en una nueva ausencia por desistir el ante el encuentro, un posible insulto y un adiós intempestivo, un recibimiento cordial y siempre tierno y amable, un posible cosquilleo de mariposas en el estomago, o un palpitar en mi corazón tan intenso que sintiera la necesidad de beber algo o de fumar un cigarrillo para matar la ansiedad.
Llego a la hora acordada, es un bello sitio muy al estilo de las cosas que disfruto; tapado el resplandor del cielo por la inmensidad de la luna, las estrellas y del cielo oscuro, lleno de una atmosfera fría y lánguida pero a la vez fresca y natural. Cerca de una de las tan llamadas casas de Dios, cuando sentía en ese leve instante que el fue quien de alguna manera incidió en tal encuentro y quien de alguna manera me estaba dando la fortaleza y sensatez requerida para ese encuentro; esa casa de Dios que me parece tan hermosa, tan perfecta, tan histórica y milenaria, tan de mi estilo que siento como si la hubiese visto tal vez en una vida pasada. Allí esperando calmadamente aunque con nervios, inmóvil pero con una revolución en mi interior tanto físico como emocional, y con la manía de prestar más atención del entorno que me rodeaba intentando buscar algo de distracción que matizaran mis nervios, anhelando el humo de un cigarrillo que esfumara toda reacción rara y nerviosa de mi pero el cual me era imposible adquirir por mi decadente pero recuperable estado físico. Observaba sujetos tan similares en su físico a lo lejos, pero que al acercarsen eran tan distantes de aquel príncipe que esperaba allí, tan callada, tan sentada y a la vez tan inquieta.
Hasta que tome una posición más erguida, más calmada, más serena y con la resignación de que diría y sentiría lo que pensaba y sentía en todo este tiempo transcurrido de su ausencia, de que revelaría que ya no soy una simple cortesana sino una gran cortesana, llena de miles de actitudes y comportamientos apropiados de una gran princesa; entonces, eso me otorgo la fuerza con la que normalmente transcurro en esta enorme villa todas las noches de esta vida.
Y visualizo a lo lejos y con algo de inquietud, afán y un poco avergonzado de su leve tardanza al príncipe que va y viene pero que nunca se va de este corazón, pega un estallido de emociones contundentes mi corazón, se me dibuja una leve sonrisa y veo al fin que me encuentro de nuevo reflejada en esos bellos ojos que hipnotizan mi visión de una manera anacrónica, en los que me puedo perder y encontrar por cantidades infinitesimales de tiempo. Y observo luego una leve y timida sonrisa de su parte y un saludo cortes y timido, y luego una de las adicciones que mas extrañaba, besar esos labios de la manera en que me gusta hacerlo, reflejando mi ternura, mi femineidad, mi querer y demás cosas profundas del corazón y el alma; sentí que al fin me reencontraba con esa parte de mi que sentía que me faltaba, al fin estaba armado el rompecabezas por la pieza faltante, al fin una calma tan parsimoniosa.
Luego sentirme analizada por esa mirada, sentirme deseada, extrañada, que completaba de alguna manera un hueco de su sentir y de su alma, sentir que de nuevo aunque no pareciera éramos los mismos amantes furtivos que alguna vez fuimos.
Y así, empieza con cosas que se dijeron en medio de la caminata hacia el bosque encantado donde anhelábamos encontrar un tesoro perdido pero del cual teníamos un mapa de orientación más que perfecto y preciso, un nuevo tiempo en el que no habrá dolor, solo franqueza, honestidad, transparencia tan exacta a la del agua, que hará tal vez que perdamos los estribos hacia lo que siempre anhelamos una cortesana con candidatura a princesa y un bello y siempre querido príncipe. Encontrando de manera correcta ese tesoro tan anhelado y querido, tan extrañado y esperado, tan nuestro, tan sublime que nos sube y baja a la mismísima casa de Dios una y otra vez.
Tesoro aquel en el que somos dos convertidos en uno, en el que no hay atadura ni ligadura, solo uno, así no más. Siendo un mágico numero finito que no tiene fin en el sentir. Eso fuimos en la bella noche en medio del bello bosque, uno.
